No me altera que sean las dos de la tarde con diecinueve minutos. No me duele que no me mires a la cara, de hecho, hasta me gusta que no me mires a la cara. No me interesa hacer de esto la tragedia del día. No me acuerdo de lo último que quería decirte, ni me acuerdo de cómo fue que te tropezaste con la vereda un miércoles.
No te leeré en el periódico como de costumbre, ni como alguna extraña vez. No diré que estoy cansada, que estoy defraudada y que desearía ser matemática cuando aparece la prueba en mi mesa.
No lloro nunca (excepto siempre), y no me gusta que juegues a ser prudente... Además, juegas pésimo.
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Pretendo herirte. Eso, entre otras cosas.
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Objetivamente, no te debo nada. Pero tú. Tú.
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