12 jun 2019

Hoy me pregunté si el viejo que se pone en esa calle a vender libros y basuras, venderá algo al día o solo irá a ponerse ahí para fumar sentado en su silla, instalado en la vereda mientras anochece. Pensé en cómo será su día, de dónde sacará esas cosas y cuándo en la vida habrá decidido dejarse el pelo largo; si su película favorita será una en blanco y negro o una a color, como Pulp Fiction o algo así. Y aunque me pregunte todo esto, la verdad es que no quiero saber. Prefiero imaginarme yo, nomás, y no descubrir nada. Seguir pasando por ahí, ver de reojo sus tesoros y preguntarme por dentro a cuánto venderá esas velas feas o esos libros que alguna vez fueron nuevos y venían gratis con el diario.

Escribo esto no sé por qué. Quizá por qué.

6 oct 2018

Yo, fatalidad

Hay un rincón en el mundo (y si no en el mundo, dentro de mí) en el que se amontonan todos los libros que nunca me devolvieron, los concursos que jamás gané, los remedios que me tomé y que no funcionaron, los discos que me dedicaron y que no volví a escuchar, los días malos, los sabores desagradables de las comidas nuevas, los llantos oscuros-densos-infinitos, el miedo a los fantasmas, la pintura de uñas que me saqué, los abrazos incómodos, los trabajos de los que me fui, las fotos que salieron mal, las caídas de rodillas en la calle, las plantas que se me secaron, la vergüenza ajena, las palabras terribles, el tiempo eterno que tuve que esperar por alguien en el Metro. Las desilusiones: tantas y tan grandes.
El listado es interminable y la angustia que se acumula, a veces, no cabe dentro de mí.

22 jun 2018

Hoy

a veces pienso que voy a morir pronto,
pienso que voy a morir cruzando la calle o durmiendo
y que no va a valer la pena
nada de lo que guardé.











porque me voy a haber acabado.

25 mar 2018

Vacaciones

Lo que se ve allá atrás es la sombra, chueca. En la sombra todo se deforma, se tuerce, se prolonga. A mis manos les llega la luz y las puntas de mis dedos traslucen la sangre que circula y se queda. Decirlo así suena macabro, pero no. Es el color más cálido de todos; es el mismo color de los ojos cerrados al sol; el mismo color que veía cuando era chica y me recostaba en el patio, debajo del parrón, a mirarme las pestañas desde adentro. Y allá lejos, en la sombra, se dibujan formas que retratan como pueden lo que ven desde lejos, mientras el viento no me deja tranquilo el pelo y me toca las piernas con sus manos de aire.

31 ene 2018

A veces vengo a decir

Soy tan ansiosa, que escribo la tilde de una vocal o le pongo el travesaño a la t antes de terminar de escribir la palabra.

23 nov 2017

Fuego

No hay fuego. En toda la casa, ningún encendedor. Busco en mi cartera, en mis bolsillos, en el placard. Me miras con los ojos enormes, con el cigarro en la boca. Sigo registrando mis cosas, desbaratando mis cajas, contando mi fracaso en voz alta. Tú sigues ahí, con los ojos hechos una laguna y los labios en una línea, salvo por el hueco en el que reposa el cigarro apagado. Preguntas si no podemos prenderlo con la cocina y aunque contesto que no, que es una cocina eléctrica, hago un breve intento que resulta tan fallido como esperaba. Miras por la ventana, te miro mirar; me disculpo por no tener fósforos si quiera, porque todo funciona automático. Pienso en las desventajas de la modernidad; o en esa solamente, porque no sigo el conteo. Te rindes, me dices que no importa y abandonas el cigarro en la mesa que está al centro de todo. Yo persisto, vuelvo sobre mi desorden fresco y otra vez reviso las cajas ya volteadas, los bolsillos de las chaquetas, los escondites secretos de otras habitaciones; hasta que encuentro un encendedor en el estuche mínimo en el que guardo el rouge. Ya no estás a punto de llorar, ahora sonríes y vuelves a tomar el cigarro. Lo tomas rápidamente como sabiendo que para lo que sigue necesitarás consuelo. Tus manos no tiemblan, pero se tocan torpemente entre sí. Ahí estás, ínfima, adentro de un vestido mío, enorme, que me pediste en cuanto entramos. Un vestido de lunares que a mí también me queda grande. Un vestido que por si solo podría ser una casa, porque todo en ti busca resguardo. El cielo, lejos, parece un incendio. Nadie lo nota, o al menos nadie lo menciona. Hay incendios más importantes que extinguir, más próximos. Abres el ventanal delicadamente, enciendes el cigarro con los ojos abiertos y exhalas una nube, ceremoniosamente, antes de empezar a hablar. Partes muy lento, diciendo con calma ensayada; pero pronto las frases se sobreponen unas a otras y tu mano libre corre a tu cara, tratando de contener las lágrimas con los dedos. Interrumpo tu historia, en ocasiones, para que sepas que sigo ahí. A veces mueves la cabeza, otras permaneces tan quieta como una figura de loza. Te miro frágil, avergonzada. Eres del tamaño de un lunar. Afuera a penas anochece, afuera otra gente sigue viviendo. Tú te desmoronas en mi terraza y yo escucho una historia sin orden que se desangra como una botella estrellada contra el piso. Conocía unas partes, otras las intuía. Te abrazas sueltamente, como si tuvieras frío; pero lo cierto es que no hace frío. Lo cierto, también, es que la culpa se siente como el invierno en Helsinki. Toco tu frente. No miras nada, pero tus ojos parecen fijos en un tejado común y corriente. Te callas, como pasándome el volante, pero no me miras. Vuelvo a tocar tu frente y te hablo como si le hablara a un zorro herido por su propia mano. Digo con cuidado lo que yo creo, esperando no romper nada más. Digo una y otra vez lo mismo, pero con distintas palabras. Afuera es de noche y nosotras mismas seguimos viviendo. Dices con más calma. Hablas más lento. Nos perdimos el atardecer, pero pudimos controlar un incendio.

***

PD: Escribir para verlo de más lejos.
PD2: Todos lloramos océanos y todos somos tréboles queriendo ser árboles.

26 oct 2017

Balas

Yo escribo libros con la boca. 

Cuento ficciones.

Digo mentiras.


18 ene 2017

Deriva del avión


Escribo mientras se termina de cocinar el arroz, sentada en la cocina, mirando de frente todas las miles de luces de la ciudad que caben por la ventana. Antes me parecieron millones, pero cada vez desaparecen más o las empequeñezco yo. Suena este disco, que es mi favorito desde los trece años. Canto. Llevo mi cuerpo a la cama y me siento. Quiero seguir escribiendo, contar cuánto extraño esas cosas por las que me fui. Regreso a mi canción favorita del disco. Creo ver pasar un avión, muy lejos, escondido en medio de la noche. Todavía falta mucho para el invierno. Espero puedas venir, ver lo luminoso que es aquí, reír roncamente, preparar mi comida favorita como si el tiempo regresara, tocarme la mejilla con el dorso de los dedos; y verte sonriéndome, como en un espejo del futuro, mamá.


26 oct 2016

Qué injusto

Pienso en mil cosas a la vez, no puedo escribir y quiero escribir. Quiero decir algo que acabo de olvidar, porque empieza una canción y todo lo que estaba pensando se desarma, todo el hilo se enreda, las ideas se esfuman y me quedo yo, sentada, queriendo decirlo todo, pero ya no hay nada.

No sé qué iba a decir y siento la nariz efervescente, como cuando te dan ganas de llorar ese llanto falso, ese que no proviene de la tristeza sino de la casi desesperación por querer decir algo, de sacar algo de adentro y no encontrar nada. Haberlo perdido.

Quería hablar. No, miento, no quería hablar. Quería decir. Quería decir cosas para abandonarlas.

Pero ahora sonó el timbre y no pude siquiera intentar decir.

15 oct 2016

3 cosas

Sábado, 12:27 PM, lluvia, 16ºC

-La que me enseñó a pintarme las uñas fue mi madre.

(Pienso esto mientras me pinto las uñas, en la cama, escuchando Pocketful of money de Jens Lekman)

-Los días de invierno y primavera se intercambiaron.

(Pienso esto porque afuera comenzó a llover. Yo sigo en la cama, pero pronto tendré que salir; ponerme abrigo en pleno octubre, llevar paraguas, tomar el Metro)

-Mi abuela solía escucharme al teléfono, durante horas, cuando yo la telefoneaba porque estaba sola en casa y le tenía miedo a los fantasmas.

(Ayer este recuerdo olvidado me fulminó. Hace 14 años yo tenía 12. Mi abuela siempre dijo que no había que tenerle miedo a los muertos. Ella murió hace 9 años y aunque la extraño, siempre le pido que no se aparezca, porque -ella mejor que nadie- sabe que esas cosas a mí me dan miedo)







1 oct 2016

Por qué, Beatriz

Me pregunto por qué siempre, o casi siempre, escribo aquí cuando estoy triste.

Me respondo que porque cuando estoy feliz no me detengo a pensar esa alegría, mientras que (a) la tristeza si la pienso. La pienso una y otra vez, y la desmenuzo, y la fotografío, y la describo (tan mal como puedo). Y la escribo (tan mal como sé hacerlo).

Escribo aquí las lágrimas, pero nunca la causa.

La tristeza real permanece siempre mía, y solo escribo el síntoma: lágrimas.

Y claro, a veces hablo del miedo. ¿Pero del miedo a qué? El miedo real permanece mío, también.

Con todo así, en realidad me río más. 

Mucho más. 

Infinito más. 

Y venía a decirlo, no sé por qué.

Hoy, por ejemplo, es un día casi feliz.




23 ago 2016

Soy

Cómo estás. Muy bien y tú. Qué bien; yo también.

Cuento los días. Hizo el frío que no hacía hace tanto.

Lloré una tempestad completa, a gritos. No fue secreto, estaba todo ese ruido: yo.

Me sentí fatal por no llover en silencio. Me sentí fatal por todo lo demás. Empujé los gritos hacia adentro y solo empeoró.

No quiero hablar, no quiero escribir.

Tengo derecho a no decir.

Tengo derecho a fallar.