No hay fuego. En toda la casa, ningún encendedor. Busco en mi cartera, en mis bolsillos, en el placard. Me miras con los ojos enormes, con el cigarro en la boca. Sigo registrando mis cosas, desbaratando mis cajas, contando mi fracaso en voz alta. Tú sigues ahí, con los ojos hechos una laguna y los labios en una línea, salvo por el hueco en el que reposa el cigarro apagado. Preguntas si no podemos prenderlo con la cocina y aunque contesto que no, que es una cocina eléctrica, hago un breve intento que resulta tan fallido como esperaba. Miras por la ventana, te miro mirar; me disculpo por no tener fósforos si quiera, porque todo funciona automático. Pienso en las desventajas de la modernidad; o en esa solamente, porque no sigo el conteo. Te rindes, me dices que no importa y abandonas el cigarro en la mesa que está al centro de todo. Yo persisto, vuelvo sobre mi desorden fresco y otra vez reviso las cajas ya volteadas, los bolsillos de las chaquetas, los escondites secretos de otras habitaciones; hasta que encuentro un encendedor en el estuche mínimo en el que guardo el rouge. Ya no estás a punto de llorar, ahora sonríes y vuelves a tomar el cigarro. Lo tomas rápidamente como sabiendo que para lo que sigue necesitarás consuelo. Tus manos no tiemblan, pero se tocan torpemente entre sí. Ahí estás, ínfima, adentro de un vestido mío, enorme, que me pediste en cuanto entramos. Un vestido de lunares que a mí también me queda grande. Un vestido que por si solo podría ser una casa, porque todo en ti busca resguardo. El cielo, lejos, parece un incendio. Nadie lo nota, o al menos nadie lo menciona. Hay incendios más importantes que extinguir, más próximos. Abres el ventanal delicadamente, enciendes el cigarro con los ojos abiertos y exhalas una nube, ceremoniosamente, antes de empezar a hablar. Partes muy lento, diciendo con calma ensayada; pero pronto las frases se sobreponen unas a otras y tu mano libre corre a tu cara, tratando de contener las lágrimas con los dedos. Interrumpo tu historia, en ocasiones, para que sepas que sigo ahí. A veces mueves la cabeza, otras permaneces tan quieta como una figura de loza. Te miro frágil, avergonzada. Eres del tamaño de un lunar. Afuera a penas anochece, afuera otra gente sigue viviendo. Tú te desmoronas en mi terraza y yo escucho una historia sin orden que se desangra como una botella estrellada contra el piso. Conocía unas partes, otras las intuía. Te abrazas sueltamente, como si tuvieras frío; pero lo cierto es que no hace frío. Lo cierto, también, es que la culpa se siente como el invierno en Helsinki. Toco tu frente. No miras nada, pero tus ojos parecen fijos en un tejado común y corriente. Te callas, como pasándome el volante, pero no me miras. Vuelvo a tocar tu frente y te hablo como si le hablara a un zorro herido por su propia mano. Digo con cuidado lo que yo creo, esperando no romper nada más. Digo una y otra vez lo mismo, pero con distintas palabras. Afuera es de noche y nosotras mismas seguimos viviendo. Dices con más calma. Hablas más lento. Nos perdimos el atardecer, pero pudimos controlar un incendio.
***
PD: Escribir para verlo de más lejos.
PD2: Todos lloramos océanos y todos somos tréboles queriendo ser árboles.
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PD: Escribir para verlo de más lejos.
PD2: Todos lloramos océanos y todos somos tréboles queriendo ser árboles.
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