Me pregunto por qué siempre, o casi siempre, escribo aquí cuando estoy triste.
Me respondo que porque cuando estoy feliz no me detengo a pensar esa alegría, mientras que (a) la tristeza si la pienso. La pienso una y otra vez, y la desmenuzo, y la fotografío, y la describo (tan mal como puedo). Y la escribo (tan mal como sé hacerlo).
Escribo aquí las lágrimas, pero nunca la causa.
La tristeza real permanece siempre mía, y solo escribo el síntoma: lágrimas.
Y claro, a veces hablo del miedo. ¿Pero del miedo a qué? El miedo real permanece mío, también.
Con todo así, en realidad me río más.
Mucho más.
Infinito más.
Y venía a decirlo, no sé por qué.
Hoy, por ejemplo, es un día casi feliz.
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