Lo que se ve allá atrás es la sombra, chueca. En la sombra todo se deforma, se tuerce, se prolonga. A mis manos les llega la luz y las puntas de mis dedos traslucen la sangre que circula y se queda. Decirlo así suena macabro, pero no. Es el color más cálido de todos; es el mismo color de los ojos cerrados al sol; el mismo color que veía cuando era chica y me recostaba en el patio, debajo del parrón, a mirarme las pestañas desde adentro. Y allá lejos, en la sombra, se dibujan formas que retratan como pueden lo que ven desde lejos, mientras el viento no me deja tranquilo el pelo y me toca las piernas con sus manos de aire.
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