No es verdad.
Espero que todo se acomode solo. (Contradictorio, porque la espera es lo que más detesto en todo el mundo)
Porque siento que nada depende de mí, al final.
Pero, en el fondo, sé que sí que depende de mí.
Y no soy capaz de hacerle frente a las cosas, de acomodarlas por mí misma o acomodarme yo.
Ni siquiera soy capaz de esperar verdaderamente o de rendirme.
No me enorgullezco de mi incapacidad.
Y me oculto de mí, porque sé lo que me diré.
Y me oculto de los demás, porque no se supone que así sea yo.
Por eso me guardo en secreto, porque no quiero apesadumbrar a nadie.
Porque se supone que soy alegre, segura y temiblemente competente.
Aunque en realidad, por dentro, soy un enredo terrible de dudas.
Así que cuando quedo con alguien, hago lo mío:
Sugiero mi tetería favorita, escojo el menú.
Digo cosas graciosas. Hago reír incluso a las personas en las mesas colindantes.
Escucho, sirvo el té.
Aconsejo, y sí que lo doy todo de mí.
Porque me importa.
Y porque confían en mí.
Confían en mí, porque soy capaz.
Y en menos de tres horas he solucionado el mundo.
Me despido con un abrazo equivalente a cien y me voy.
Porque si se trata de asuntos ajenos, soy un diez.
Pero si de trata de mí misma, desfallezco.
Y eso es.
No lo doy todo de mí:
Me quedo esperando.
Espero señales, espero el momento perfecto, espero lo ideal.
Y espero que todo suceda frente a mí.
Y que, ojalá, las decisiones se tomen a sí mismas.
Porque así no tengo la culpa.
Y por eso no sucede nada de lo que sueño.
Porque no lo doy todo de mí.
Porque tal vez el todo de mí es muy poco en realidad.
Porque tal vez no soy suficiente.
Esa es la verdad.
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