Sabor a un cigarro malo. Al olor de despertar en otra cama, mía. A manos sobrantes, muertas encerradas en los bolsillos, moviéndose quietas. A canciones que nadie bailaría. A nubes sin ninguna forma. A edificios inmensos sin ascensor, ni escaleras. A teléfono en silencio. A tu correo vacío. A lunes en la mañana. A reloj en que el tiempo no avanzara nunca aunque vieras que el segundero caminara. A un sábado fumando solo afuera. A exposiciones de arte sin color ni forma. A espejos con sombras. A té sin azúcar. A voces mudas. A semáforos con luz amarilla a las cuatro de la tarde. A trastornos del sueño. A chaquetas que no abrigan. A morderse la lengua. A hojas vacías. A remolinos de hoja de diario. A audífonos malos. A dormir sin hablar. A zapatillas desabrochadas. A películas sin final. A contradicciones verbales. A derramarse en una esquina. A viernes sin noche. A un montón de acuarelas secas. A fotos movidas. A espacios vacíos. A planes para atravesar Santiago. A llantos justificados. A cortes de luz. A espectáculos repetidos. A ausencia de ganas. A mil maneras imposibles por día.
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