Qué facilidad la suya para suspender los pies en el aire, sentir los huesos detenerse y ver cómo la luz se llena de polvo, en el rayito único que entra por la persiana cerrada. Las manos escondidas, adentro de los hombros. Nadie sabe que tiene la costumbre de estirar los pies como naves de papel, la necesidad de estirar los pies, para sacárselos y ser otra partícula flotante porque los pies se acalambran, los pies se ensucian. Los pies son un elemento extra, sólo los usa para suspenderlos en el aire y verlos desnudos y exquisitos, como un cuerpo ajeno y nuevo, fuera de serie y jamás antes visto. Estirados de tal manera que se contraen, los pies le parecen pequeño rinoceronte acéfalo, esperando por un latido, reposando la carne al final de un tallo mecánico que por dentro lleva ríos, mudo hasta la médula, un tumor tibio que se alimenta de la luz que entra por la ventana, que no sería capaz de llevar a un frasco con formol. Un presentimiento le dice que son una semilla. Gira los pies a la vez en distintos sentidos. Florecen dedos. Tenía razón.
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