Históricamente siempre has tenido ese mal sabor, Clara. A pasto, a vodka con alcohol de quemar. Qué cretino al jamás decírtelo mientras viviste conmigo, cuando caminábamos estaciones completas para escuchar el ruido ajeno en medio de nuestros silencios podridos. Te deterioraste, Clara, y me di cuenta de todo el proceso. Partiste por dejar de fumar, y esconderte en ti cuando te preguntaban la hora, la fecha o cómo estabas; dejaste de usar medias rotas y preferiste analizar los sombreros de la gente a contradecirme a mí, que siempre me decepcioné cuando en vez de tus manos me encontré con tu boca en una mueca de conformidad leyendo una entrevista al culpable del precio del dólar. Qué remedio, moriste el día en que conseguiste extender por completo tu pierna en la elongación perfecta del ballet que implica la ducha. Te congelaste un millón de veces y me dijiste que tenías miedo, que odiabas esta ciudad y que querías volver al Polo. Lloraste porque no hicimos nada por los miles de animales que todos se comen y vi que lo único que necesitabas era una bufanda porque tenías ese frío que me paralizaba, pero tú, lo único que repetías era tu idea de regresar a sacudirte en glaciares, como en el sueño que tuviste cuando hospedamos en tu casa vacía hace cien años. No quise herirte cuando dije que me parecía ridículo, pero me lo parecía, Clara. Eras siempre tan invisible en tu chaqueta, eras siempre tan detestable en tus llantos. Jamás pude intervenir en ellos, querías permanecer así, y no podía soportarlo, Clara. Y tus cosas me parecían tan mínimas siempre, no sabía, por qué lo hacías, por qué no te ibas de una buena vez. Dejaste que fuera yo el que te dijera tantas cosas que quizás en qué lugar oí, en otras vidas, de otras personas, no de ti, Clara. Tú eras la que hablaba de la magia de la Edad Media, de las muertes por cólera y la peste negra. Y eras tan débil en tu rabia. Quería despedirme, dar un portazo, verte recogiendo tus pocos libros y retroceder en la escalera para decirme todas esas cosas terribles que siempre creíste de mí. Que siempre odié caminar contigo, que sólo te quería para hablar de los mapas que colgaban en las bibliotecas, que detestabas los mapas, que no sabías por qué siempre te miraba desvestirte y jamás apagaba la luz. Y no sé por qué te dije, en vez de todo lo que quise decirte, que eras la perdición de los peces, que te calmaras y tomaras un café con veneno para morir sin despertar a los vecinos tan tarde. Tú lloraste por primera vez en serio, Clara. No como cuando te quemabas al encender un cigarrillo, torpemente, sino de verdad. Como si decirte eso hubiera sido asesinarte y lanzarte al mar. Como si hubieras esperado toda la vida para escucharme decir eso y poder maldecirme sin soltar ninguna palabra. Me pareció sentir estallar algo lejos, quizás morí en otra galaxia. Y no quise matarte a ti, Clara. Pero te congelaste como siempre despertabas contándome haber soñado, y no pude reírme esta vez, porque yo estaba ahí y pude comprobarlo.
No hay comentarios:
Publicar un comentario