3 oct 2011

¿Cómo sé?

Me preguntaste qué había inventado ésta vez, si me había dormido muy tarde, cómo conseguía quitarme luego la pintura de los dedos. Cómo se sentía tener dedos. Te consolé hasta que me mordiste, y te arrodillaste a llorar. Te dieron risa tus ojos enanos, te espantaba hasta el encanto convertirte tan repentinamente en un ocaso dentro de una bota. Te lustré, te sonrojaste. Mataste un par de hormigas que subían por tu mejilla, se convirtieron en lunares a las cuatro y para las siete ya eran pecas arraigadas en lo último que quedaba de ti antes de lavarte la cara. Te sentaste con las rodillas a punto de hundir el suelo, acudiste a la puerta cuando sonó el timbre y le diste un limón de propina al cartero. Después lo lamentaste, era el último limón que quedaba. Pero lo que no puedo enumerar fue la manera en que después te revolviste viendo una película. Pensaste cuál sería el mejor nombre posible para ti. Se te ocurrieron tres. Para no equivocarme, te llamo de las tres formas, pero eres tú quien no recuerda ninguno.

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