21 abr 2013

Manifiesto del artefacto infeliz

Creé una máquina, lo juro. Creé una máquina y me arrepiento.

Al principio me negué a hacerlo, pero lo hice. Y me arrepiento. No debí jamás comenzar a construirla; nunca quise construirla, pero todos me sonrieron cuando decidí obedecer ese destino: el de crear una máquina.

Comencé a construirla, aunque no quería. Era lo correcto construirla. Tenía que hacerlo rápidamente y echarla a andar para que todos vieran mi obra, aplaudieran y yo supiera que construir una máquina era lo correcto.

La construí. Y me arrepiento. Nunca quise construirla, siempre tuve miedo y sabía que no quería construir tal artefacto, someterme a tal esclavitud. Pero tenía que hacerlo: crear una máquina más.

La máquina en funcionamiento, -o la mía en particular-, es una máquina triste. No debí haberla construido jamás, pero fui forzada por las circunstancias, y finalmente lo que importa es que la construí. Y me arrepiento.

¿Pero cómo podía negarme a construir una máquina? Todos en algún momento construyen la propia. Construir una máquina es lo correcto. Todos aplauden a las máquinas; cuanto más grandes, cuanto más poderosas, cuanto más vistosas, cuanto más productivas; más aplauden. Incluso hasta el llanto. Así que construí una máquina. Construí la máquina que hubiera deseado jamás construir. Porque siempre supe que detestaba las máquinas. Pero la construí. Y la detesto.








No hay comentarios: