13 ene 2015

Ataque sorpresa #01

Hoy no ha habido otro lugar al que quiera ir más, que al lugar en el que estés. Me sorprendo a mí misma imaginando encontrarte, fingiendo la sorpresa más auténtica; tú tomando el café más desagradable posible por la mañana, sin mirar a nadie, y yo apareciendo frente a ti con una sonrisa honestamente infernal, con los ojos entre cerrados instándote a recordarme a través de la narración de detalles que recuerdo para desgracia tuya: cosas que realmente te harían sonrojar. ¡Oh, qué gracioso sería! ¿Puedes imaginarlo? Claro que no.

Es gracioso, de todos modos, cuánta molestia me tomo al hacerte partícipe de mis aventuras imaginarias (o al menos de una de ellas) considerando cuán lejos hemos ido cada cual, en distintos aspectos. Aunque nunca tuvimos mucho en común, realmente. Te recuerdo como todo lo opuesto a mí, estructurado y metódico, odiabas el desorden, ponías mucha atención en tu aspecto y te encantaba presumir. Te conocí un verano y te hablé sin pensar demasiado en nada. Me enseñaste un par de cosas útiles, me mostraste un par de bandas y me compartiste un par de trucos. Yo te hice reír y te consolé alguna vez, aunque jamás (bajo ninguna circunstancia) admitirías lo último. Si me preguntas, sentía una gran admiración por ti. Eras inteligente, y me gustaba mucho la manera resuelta en la que hacías todo, siempre... quizás en la realidad no eras tan así. Es terrible decepcionarse de alguien, y contigo nunca me pasó. Siempre fuiste la misma persona, con actitudes detestables e ideas que me parecían insólitas, pero era todo el tiempo muy agradable discutir contigo. Te burlabas de mí en ocasiones (con mucha gracia) pero me dejabas entrever que te gustaba mi compañía: me contabas qué soñabas y quién te gustaba, y a mí me parecía que eras muy valiente cuando me decías que la habías invitado al cine o que le habías hecho un cumplido. Tenías esa voz ronca y lejana, era algo que también me gustaba: no eras como mis demás amigos... ¡eras de hielo! Siempre tenías de qué hablar o algo que decir; respondías lo que yo decía, me hacías preguntas y me agradaba pasar el tiempo así, entretenida contigo. No te importaba parecer orgulloso o presuntuoso, en realidad eras muy agradable. No alcanzo a recordarte luego. 

Me pregunto si son todos inventos míos. Sinceramente, no creo haber exagerado en nada, pero... de todas maneras quisiera no saberlo jamás de tu parte, ya que arruinaría mi plan de interrumpir el peor café de la galaxia de manera casual y en vez de sorprenderte, vería tus ojos en garde

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