Qué más quisiera yo que estar durmiendo —siendo las una y media de la mañana— sin embargo, mi cerebro ha sido mi peor enemigo (desde tiempos inmemoriales hasta la fecha), por lo que aquí figuro, despierta como si antes hubiera dormido siglos o como si esperara el ataque de la idea de mi vida.
No es ni la una ni la otra cosa: no duermo siesta hace mucho, mucho tiempo; y tengo las mismas ideas de siempre —algunas con una raya encima, cabe enfatizar—.
Pero tengo la sensación aleatoria de que mañana es el primer día de un tiempo mucho mejor. Me pregunto si puedo conservar esta ilusión; o si será mejor no albergar ninguna esperanza, para evitar la decepción.
(En el segundo caso no sabría cómo proceder.) Quiero dormir esperanzada, pero ahí está mi cerebro, que duerme aún menos que yo.
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