Te sentaste en mi cama a penas entramos, a las 20:27 del día
más lluvioso de la temporada. Yo me sacaba el abrigo, lleno de gotas que no
alcanzaron a mojar mi chaleco. Te ofrecí un té, pero con la voz más serena del
mundo me pediste un café negro. Desde la cocina te oí decir que todo mi
departamento tenía un poco de olor a lavanda. Era verdad, pensé, y sonreí al
mismo tiempo que me descubriste.
Por la mañana te había mirado tan de cerca,
casualmente y por primera vez, que estoy segura de que adivinaste lo que pensé.
Así que esta vez, pensé en cualquier otra cosa en el Universo que no fueran
esas pecas que jamás había notado, sobre tu nariz y debajo de tus anteojos.
Tu
silencio era inquietante. No podía adivinarte, y por el contrario tenía ideas completamente imposibles, como la intuición -de seguro irreal- de que mucho de mí te parecía... encantador. Qué tonta. Todas esas ideas se pueden tener al mismo tiempo que se intenta desviar los pensamientos en direcciones más seguras. Hablé del reporte del tiempo para la semana siguiente. Hablaste de lo mismo.
Estabas de brazos cruzados, de espalda a la ventana que daba a los cientos de luces microscópicas de la ciudad. Caminaste hacia mí y sentí el aroma de tu perfume, cálido. Sentí que los labios se me encendían. Mi corazón palpitó rápido y profundamente. Estabas igual de sereno que siempre y dijiste que ya te ibas, que gracias por el café; que si te podía prestar una bufanda.
Te dejé parado al lado de mi cama, arreglando tu abrigo y revisando tu billetera. Caminé y abrí el placard. El espejo me capturó instantáneamente... puse por un momento los ojos en mis propios ojos y supe que de ninguna manera veías algo atractivo en mí, porque bien sabía, desde siempre, que no lo había.
Volví hacia ti y no pude mirarte a los ojos, de vergüenza.
Te despediste y me despedí. Tú mismo abriste y cerraste la puerta, volviste a agradecer el café.
No lloré. Respiré profundo y sonreí.
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