Un viernes por la noche me quedo escuchando música y decidiendo si me compro ese otro libro que quiero hace mucho. Sentencio que sí y escribo rápido mis números de cuenta y claves antes de arrepentirme. Decido también fumar un cigarro en mi cama, sentada cerca de la ventana. Afuera hay mucho silencio y pienso que esta noche todos decidieron salir a divertirse lejos.
Pero no yo.
Yo puedo leer un millón de libros parecidos, uno tras otro.
Puedo obsesionarme hasta la muerte con algo hasta saber todo al respecto.
Puedo inventar las mejores cualidades en alguien.
Puedo explicar todos los tópicos literarios, sonriendo enormemente.
Puedo querer morir recordando algo que incluso sea muy lejano.
Puedo apagar la luz de la escalera con la nariz si tengo las manos ocupadas.
Puedo escribir una oda al té de sabores.
Puedo imaginar todo lo que me cuentan.
Puedo soñar diez millones de cosas inconexas.
Puedo leer historias de cementerios y fantasmas.
Puedo reírme hasta el dolor de mejillas.
Puedo divertirme todo el día sin salir...
Y así.
Pero no puedo ser fría hasta el cansancio, ni un poco cínica, ni quedarme estoica, ni ser calculadora.
Y no sé como hay quienes sí pueden.
Y, para ser honesta, hay momento en los que envidio esas capacidades.
Pero no hoy.
Hoy me permito leer todos esos libros livianos y poco originales. Y me permito pensar que mi pelo con olor a té de naranjas y mis grandísimas mejillas y mis extraños lagrimales y mi estruendosa risa y mis cien millones de palabras por segundo y mis buenas y malas ideas y mis chistes y que ¡inclusive mis poco interesantes textos!, son suficiente.
Al menos hoy, ahora.
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