5 ene 2016

Transatlántico

Estoy confinada al verano de enero y a las siestas con gotas de sol salpicándome en las piernas a través de la ventana, todo con el casi inaudible sonido del ventilador, que viene y va, haciendo vibrar los papeles del escritorio y despeinándome. 

Pero debería llover.

Y debería ser invierno.

O deberías, por lo menos, hablarme de la nieve y tus manos a punto de desintegrarse, rojas de frío. Acercarme un poco al invierno, lo suficiente para que yo pudiera imaginar tu aliento en el aire como una máquina a vapor, hablando sin mirarme mientras caminamos a toda prisa (o a toda la rapidez posible para mí... para ti el equivalente a una lentitud moderada).

En medio del hielo blanco de las calles de Montreal, súbitamente me tomarías de la muñeca para prevenir un inminente accidente causado por la torpeza de mis pies sobre el pavimento húmedo, y yo podría comprobar el estado congelado de tus manos, ásperas del frío y determinadamente firmes.

Yo decididamente habría llevado guantes, pero mis manos distarían mucho de estar tibias, aunque eso no sería dicho. Excepto porque lo adivinarías, sin tener que tocarme. Claro que no es como si alguna vez hubieras querido tomar mi mano para sentirla, sino que lo recordarías porque seguramente yo lo hubiera dicho en el pasado, eso de que en invierno siempre tengo las manos muy frías.

Y mis abundantes mejillas, muy rojas.

Y dadas las circunstancias, un francés más deficiente de lo que me gustaría admitir.

Pero desde aquí no será necesario que lo descubras. Y, pese a todo, lo mejor es que nunca lo comprobarás: ni mi pésimo francés, ni mis rojísimas mejillas.














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